El museo que Teresita hizo por amor a Horacio

 “Yo no soy una artista de salón, lo mío no es nada refinado, mis dibujos son directos. He trabajado mucho con la humanidad doliente”

Horacio Álvarez.

Horacio Álvarez nació el
4 de setiembre de 1912
en Villa Del Rosario,
provincia de Córdoba.
En los primeros meses
del año 1922, su familia
se mudó a está ciudad,
lugar donde vivió y desarrolló
toda su obra.
Falleció el 30 de octubre
de 1999.

Museo Horacio Álvarez
Muestra permanente de la obra y estudio del artista Horacio Álvarez. Entrada libre. Concertar visitas al teléfono             (0351) 481-1365      .
Dirección: Félix Garzón 2075, Barrio Cerro de las Rosas. (5009) Ciudad de Córdoba.

Teresita, Horacio Álvarez y la invención del Museo

Artículo firmado por María Cristina Rocca y publicado en “Deodoro (gaceta de crítica y cultura)”, Revista de la Universidad de Córdoba – Argentina Septiembre del 2010 nº 1.

“Cansada de esperar que las instituciones culturales oficiales tuvieran presupuesto para incorporar como patrimonio la obra de su esposo ya fallecido, el artista Horacio Álvarez (1912-1999), Teresita Markman decidió redireccionar afanes e invertir energías y recursos en otro sentido.

Así, con el asesoramiento de su director honorario, el profesor Jorge Torres y el diseño del arquitecto Jorge Herlein, nació este año el primer museo privado de plástica en Córdoba, en la casa de la excelente grabadora y docente jubilada de la Escuela Provincial de Bellas Artes “Dr. Figueroa Alcorta”.

Ahora se puede visitar, de manera gratuita, la colección permanente del mismo, compuesta por cuadros de Álvarez, principalmente dibujos. La pequeña figura de Teresita, sonriente, transparente, entusiasta, nos conduce por los ámbitos del museo que cumple con todas las normas de un espacio para el público y nos va contando los criterios con los que ha colgado la obra y su deseo de que se convierta en un lugar de estudio e investigación.

En el recorrido por la amplia casa transformada, vamos re-descubriendo al integrante de la llamada “generación del cuarenta”, a partir de la obra ubicada en su hábitat más íntimo. También allí se encuentra lo que fuera su taller, que permanece con orden primigenio, sostenido por el amor persistente y conmovedor de Teresita que va explicando cada detalle.

Imaginamos al artista concentrado entre papeles, plumas, lápices, pinceles, cuadernos, apuntes, libros, imágenes recortadas, autores preferidos, máscaras, títeres, fotografías, bocetos… Imaginamos a Álvarez relajado, conversando con sus colegas de militancia por el arte moderno: Roberto Viola, Ernesto Farina, Egidio Cerrito, Primitivo Icardi, Juan Carlos Pinto, Luis Waysmann, Manuel Infante y tantos otros que hicieron frente común para renovar no sólo la producción, sino también la manera en que ese arte nuevo circularía con mayor alcance que hasta entonces.

De esta manera, con fe inquebrantable en el arte como constitutivo de un bien común, como espacio de libertad, imaginación, elevación espiritual, patrimonio de todos, y no sólo de una élite, inventaron numerosas estrategias para crear un público nuevo que accediera al mismo y lo incorporara como un capital cultural per se . Con esa actitud abrieron camino a los más jóvenes que después formarían lo que la crítica llamó en los ’50 “Artistas modernos de Córdoba”: Pedro Pont Vergés, César Miranda, José de Monte, Raú Pecker, Ronaldo de Juan, Alfio Grifasi, Raúl Cuquejo, Tito Miravet, Luis Saavedra, Marcelo Bonevardi, Antonio Seguí.

Seguimos nuestro recorrido por el museo y nos detenemos en la c olección de dibujos iluminados por luz tenue. Están agrupados según temáticas que fueron una constante en la larga trayectoria del artista: el despojado paisaje de la barranca, con sus habitantes paupérrimos como parte del mismo –tema común a sus compañeros de renovación artística- el circo, su gente y las máscaras, los enanos, los niños, los mendigos.

Desde el cuestionamiento a los manejos arbitrarios en el campo artístico, Álvarez dejó de participar en salones oficiales y se alejó de los circuitos centrales, sosteniendo como formas de vida la docencia y su trabajo como caricaturista de Los Principios .

Para su expresión personal, optó casi definitivamente por el dibujo en una época en que el dibujo era considerado un “arte menor” (junto con el grabado) y un auxiliar de las “artes mayores” (la pintura y la escultura). Trabajaba “de memoria”, es decir, guardaba para sí los gestos de seres reales que convertía en personajes y luego hacía infinidad de anotaciones en libretitas cuadernos baratos, papeles de envolver. Al final del día, la mayoría había sido arrojado al cesto de la basura, como una actitud de autoexigencia pero, a la vez, de valoración de los procesos mismos, previos a la decisión de mostrar una obra, como juegos y ejercicios del pensamiento reflexivo y crítico. Muchos de ellos han llegado a nosotros gracias a que Teresita los rescataba y ocultaba. Al tiempo se los volvía a mostrar y algunos ya no le parecían tan malos al artista. Ahora, en el museo, las obsesiones plásticas y sociales de Álvarez nos interpelan desde la silenciosa, pero a la vez, tumultuosa presencia de sus personajes o paisajes marginales. Pero no por marginales aparecen indiferenciados, antes bien, la profunda humanidad de los mismos está plasmada con una línea que va encargándose de mostrar las especificidades de cada uno.

En lápiz, tinta o carbonilla -con frecuencia sobre papeles acuarelados o entintados en forma irregular y rápida- el trazo (que siempre es una huella dactilar del artista) se va imponiendo, ondulante, nervioso, borroneándose aquí, sumergiéndose allá, hasta constituir un acontecimiento. Un trazo que va abriendo y cerrando planos, sugiriendo espacios y atmósferas, protuberancias, modulaciones y oquedades; temblor expresivo que permite avizorar lo invisible, que va de las marchas firmes a las oscilantes y de las armonías a las fibrilaciones, de las transparencias a las ambigüedades, de la tensión dramática al juego plácido, de lo uno a lo múltiple. Cada obra cobra su sentido más conmovedor a partir de esa línea de infinitos recorridos y grosores, que descorre velos, insinúa miradas, retuerce cuerpos, perfila gritos desencajados y termina por armar un lugar para los que socialmente no tienen lugar.

Como electrocardiogramas del pensamiento visual de Horacio Álvarez, las obras que muestra el museo, la mayoría de los años setenta en adelante, permiten disfrutar y aprender de un maestro de la plástica cordobesa, pero también entrar en contacto con documentos de una época, construidos, como sus personajes, desde los márgenes.

Teresita Markman, testigo vital y artista ella misma, ha desplegado además, una tarea curatorial del mejor nivel, y en esa triple vertiente, ella se siente heredera y continuadora del impulso democratizador de la “generación del 40”, cuando buscaba formas de circulación alternativa para las obras del arte nuevo.

Un lujo para Córdoba que saludamos calurosamente. “

Acerca de Ricardo Brunello

Nacido en Córdoba, alejado por mucho tiempo y redescubriéndola desde diciembre de 2006. Licenciado en Periodismo USAL, 1991, Buenos Aires, Argentina. Master en Management Culturale Internazionale, UNIGE, 2002, Génova, Italia.
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2 respuestas a El museo que Teresita hizo por amor a Horacio

  1. Lo hice por amor y para dar continuidad a un trabajo que empezamos juntos…..¡Gracias por la difusión!.Corresponde agregar que la entrevista para Punto Córdoba Punto Ar,fué realizada por Laura Gelerstein……muy bueno el blog.¡Grata sorpresa!

  2. Laura Gelerstein dijo:

    Gracias por compartir la nota de Punto Córdoba Punto Ar y por la difusión de la obra de ambos, Teresa y Horacio. Un lujo y un placer para los sentidos.

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